
Por casi 20 años, desde la caída del llamado “socialismo real” a fines de los 80`s y principio de los 90`s, Marx y el marxismo fueron dados por muertos y sus ideas echadas a un costado como anacrónicas e inválidas.
El imperio del pensamiento único neoliberal declaró no sólo el fin de la historia, sino también la victoria absoluta del “libre mercado” y por ende la victoria total, política, económica e ideológica de la burguesía sobre la clase obrera y el marxismo.
Los pocos marxistas que quedaron se volvieron “bichos raros”, piezas de museo para ser expuestas y ridiculizadas por la nada democrática intelectualidad del “libre mercado” a ultranza.
Estos “talibanes” del neoliberalismo han hecho desaparecer de las cátedras universitarias, de las bibliotecas y librerías todas, o la mayoría, de las obras del pensador alemán bajo pretexto de su “inutilidad”.
Pero la historia no sigue un guión, y una mentira repetida mil veces pude calar en la conciencia de la gente, pero no puede cambiar la realidad misma.
En los últimos días, lo que hemos visto es justamente la vuelta de Marx y el marxismo en la medida que la crisis económica derrumbó todos los pilares del “libre mercado” y demostró, una vez más, que no existe la “autorregulación” de la economía.
Hace pocos días, George Soros, mega especulador y gurú del pensamiento neoliberal, dijo: "He estado leyendo a Marx y hay muchas cosas interesantes en lo que él dice"
[1]. Siguiendo la mismo ola, en la feria de libros de Frankfurt, Alemania, los libros de Marx se han destacados porque “se venden más que nunca en medio de crisis financiera” según una nota periodística que ha recorrido el mundo.
El propio presidente de Francia, el conservador, Nicolás Sarkozy advirtió “una revolución a escala planetaria si la comunidad internacional fracasa en el intento común de refundar el sistema capitalista
[2]” en una referencia clara a una de las ideas de Marx, aun que sin citar al autor.
El debate sobre la economíaToda la propaganda, toda la mentira y bajeza que se acumuló contra Marx en estos años, no fueron gratuitas. Detrás estaba toda la discusión sobre las bases de la economía capitalistas y las críticas del propio Marx a la economía política burguesa. La incapacidad o la imposibilidad de contrarrestar en el campo de la discusión seria las opiniones de Marx, obligaran a sus adversarios a llevar la discusión hacia los ataques e inventos de todo tipo.
Eso se tornó especialmente claro cuando entró en escena el neoliberalismo económico y con él, lo que se llamó en su época, la “nueva economía”, es decir la aceleración de la difusión de las tecnologías de la información y de la comunicación que llevaron a una recuperación del crecimiento de la productividad del trabajo y de la productividad total de los factores. Esto parecía proporcionar una explicación satisfactoria del elevado precio de los valores
[3].
En la base de esta dicha “nueva economía” estaba justamente la discusión sobre quién y cómo se crean nuevos valores económico, o dicho de otra manera como una sociedad puede generar riquezas.
La ley del valor
La base de la teoría económica marxista es justamente la teoría o ley del valor, o valor-trabajo.
Explicando de manera sencilla y rápida, los economistas clásicos en general, incluso Adam Smith y David Ricardo, llegaron a la conclusión que el trabajo es la única fuente de riqueza real de una economía.
Marx, partiendo de eso demostró que es el trabajo vivo, físico, el que genera la riqueza social que después es apropiada de forma desigual en la sociedad.
En este sentido el capital no cumple mas que un papel secundario (aun que importante) en la producción social de riquezas o valores.
Por eso, todas las formas de creación de “riquezas” que no tengan en por base el trabajo son ficciones que tienden a entrar en choque con la realidad misma.
Los defensores de la “nueva economía” han atribuido a la tecnología, y a una serie de (des)reglamentaciones del mercado financiero la capacidad mágica de crear nuevos valores o nuevas riquezas sociales.
En la base de sus ilusiones estaba el hecho real de que uno puede hacerse rico de la noche a la mañana especulando en el mercado bursátil. Pasa que esta nueva riqueza individual se construía no sobre base del enriquecimiento del conjunto de la sociedad, sino por el hecho de que para enriquecerse individualmente el nuevo rico estaba estafando a toda la sociedad, y no sólo a los trabajadores como de costumbre.
Este debate, que de cierta manera dura ya más de un siglo, volvió con fuerza porque estaba en la base de la “nueva economía”. Por un periodo parecía que tenían razón los que defendía la idea de que no sólo el trabajo producía riquezas sino también el capital libre de trabas, en forma independiente.
El estallido de la crisis actual dejo claro que no era así. La especulación genera ganancias y riquezas individuales pero lleva inevitablemente a la crisis cuando la caída de la tasa de ganancia ya no puede remunerar al capital especulativo.
La tendencia a la caída de la tasa de ganancia y el fin de la historiaCuando Francis Fukuyama escribió el controvertido libro El fin de la Historia y el último hombre de 1992, en el que defiende que la Historia humana como lucha entre ideologías ha concluido, y ha dado a luz un mundo basado en la política y economía neoliberal que se ha impuesto a las utopías tras el fin de la Guerra Fría, muy poca gente se levantó en su contra.
El libro, aunque no de manera clara y declarada, decretaba que otra de las leyes económica básicas del marxismo ya no estaba vigente. A saber, la de que el capitalismo siempre tiende a bajar sus ganancias y que eso genera cada tanto una crisis cíclica.
En líneas generales lo que Marx quiere decir con esto es lo siguiente: Los capitalistas, los propietarios de las fábricas, comercios y bancos, para ganar la competencia entre sí en un mercado anárquico, son obligados a hacer siempre y cada vez más inversiones en máquinas y tecnologías, afín de producir más barato y más rápido que sus competidores.
Tal necesidad hace que en un dado momento las inversiones en estos rubros ya no sean compensadas por los precios finales de las mercancías producidas, y deja de estar garantizada la ganancia.
Sería más o menos como si todos los propietarios de fábricas entrasen en una carrera para “modernizar” su fábrica. A cada nueva inversión en tecnología de uno de ellos, los demás se ven en la necesidad de también adquirir la nueva tecnología bajo el riesgo quedarse rezagado en relación a los demás.
En un momento esta carrera por modernizar la producción y aumentar las ganancias ponen en riesgo las ganancias mismas. En este momento los propietarios de las fábricas, los capitalistas, dejan de apretar el acelerador de la economía y pisan con las dos patas (y algunos con las cuatro) el freno. Empieza entonces la crisis económica.
Esta ley, que Marx enunció en el siglo XIX, fue negada y atacada por todos los teóricos, y muchos escribas a sueldo del capitalismo. Francis Fukuyama fue apenas el mejor pagado de la década de 1990.
La actual crisis demostró cabalmente que estas dos leyes no sólo siguen vigentes sino que su combinación es nitroglicerina pura.
La tarea del momento
Por más placer intelectual que nos cause ver la victoria del marxismo y el retorno de Marx no sólo a las librerías, bibliotecas y cátedras de todo el mundo no podemos quedar contentos con apenas eso.
No es sólo el pensamiento económico de Marx el que sigue vivo, es todo su pensamiento, así que vale la pena recordar lo que dijo en sus “Tesis sobre Feuerbach”:
“Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.”
También esa afirmación está más vigente que nunca. Esa es la consigna, esa es la tarea, esa es la meta.